Por definición, una buena práctica docente debe ser aquella que cumpla los requisitos de innovadora, efectiva, que tenga impacto en la cultura de centro, sostenible y que sirva de modelo de referencia. Para mí, este concepto de “buena práctica” es totalmente nuevo. Sin embargo, esto no quiere decir que no lo haya experimentado y vivido a lo largo de mi educación.
Pensando en los requisitos y haciendo un regreso mental hacia el pasado, puedo llegar a lo que creo que es el mejor ejemplo de buena práctica que he vivido. Yo he estudiado en el Instituto Pintor Juan Lara de El Puerto de Santa María. Es un instituto que hasta hace unos 10 años solo contaba con la educación secundaria obligatoria y las tres típicas ramas de bachillerato (ciencias, sociales y humanidades), pero durante mi paso por allí, se aumentaros los ciclos de formación profesional y pusieron el bachillerato de artes plásticas y escénicas, siendo el único, si no me equivoco, o de los pocos que tenían estas opciones.
Mi instituto siempre le ha dado mucha importancia a la música y a las artes, siempre apostaba por ellas, no obstante, esta importancia aumentó con la llegada de estos dos nuevos bachilleratos, que ofrecían mucho más juego. Recuerdo que siempre el 22 de noviembre, Santa Cecilia, la patrona de la Música, acudíamos a otro centro para celebrarlo con un festival de música en el que participaban otros centros también, y nosotros teníamos que preparar alguna actuación para este día. Esta celebración supongo que es común en todos los institutos, de una forma u otra, pero pienso que si lo celebran, lo hacen de una forma más “light”. Pero lo que de verdad creo que puede ser una buena práctica es lo siguiente.
Como participábamos en la salida a otro centro para la celebración del día de la música, en nuestro centro se organizaba, en el gimnasio, el lugar más amplio de todo el centro, un día de actuaciones para celebrar a lo grande este día. Entre el departamento de Música y de Artes Escénicas, y la colaboración de algún profesor aficionado a la música, se organizaba un día entero de actuaciones, en los que todo el alumnado que quisiera podía participar en coordinación con dichos departamentos. En el gimnasio se congregaba todo el instituto y la verdad que era uno de los mejores días del curso académico. Recuerdo perfectamente algunas de las actuaciones, ya sean canciones, bailes o alumnos tocando instrumentos. Esto se hacía un par de veces al año como mínimo, con motivo por el día de la música y sin motivo también. Así como cuando llegaba el carnaval, se contactaba con antiguos alumnos y venían algunas comparsas y chirigotas.
Es algo que creo que no se hace en todos los institutos, y por eso me enorgullecía y orgullece haber formado parte de esto, porque todo el profesorado se implicaba. Por ejemplo, para ensayar las actuaciones, muchas veces el alumno tenía que salir de clase para acudir al ensayo, y previamente el profesorado se tenía que haber puesto de acuerdo. Sin la colaboración entre compañeros y docentes, esto se habría vuelto muy complicado, puesto que eran muchas las horas de ensayos, muchos recreos invertidos, que no perdidos, para que todo saliera bien. La labor de los docentes encargados del festival era grandísima, y todo lo hacían por amor al arte, literalmente.
Ahora, siendo más conscientes de todo lo que implica el organizar algo así, valoro incluso más todo lo que hacían por nosotros, que muchas veces lo veíamos como un momento para disfrutar, pero también para perder clase. Creo que es algo innovador y creativa que da una visibilidad necesaria a las artes, y que las ensalza y desmitifica. Por ello, creo que es necesaria esta práctica y muy efectiva. Sobre todo, cuando generalmente está la falsa concepción de que los de artes no estudian o no hacen nada. Este evento expone todo el esfuerzo que ponen para que todo salga bien.
Además, esta práctica que se hace todos los años en dos ocasiones, mínimo y según mi memoria, cumple con todos los requisitos. Por los departamentos encargados de este festival pasaron y llegaron profesores, y siempre se hizo esto y creo que se sigue haciendo, o, al menos, duró toda mi etapa educativa en ese centro y años después. Por lo tanto, pienso que es una práctica sostenible, ya que el centro solo invierte en dedicación en cuanto a los ensayos y la organización del evento y es una práctica de efecto duradero que, como he explicado, se realizaba año tras año. No conlleva ningún tipo de contratación puesto que el centro cuenta con todo lo necesario (altavoces, amplificadores, teclado…), y en el caso de que sea algo específico y del alumnado, este lo lleva consigo. Esto hace que sea algo duradero, y que además tenga un gran impacto en el centro, que como ya he explicado, el profesorado se pone de acuerdo para todo y estos días se celebran año tras año.
Gracias a esta práctica, el alumnado que participa en las actuaciones gana en el desarrollo de responsabilidad, creatividad, espíritu emprendedor, iniciativa, respeto y tolerancia. Así con el alumnado espectador, que deberá comportarse y ser respetuosos con los que actúan.
Quiero terminar diciendo que esta práctica solo aporta cosas buenas al alumnado y al centro, y que me encanta haber formado parte de este centro y haber visto desde centro cómo trabajaban los alumnos de todo el instituto, y como algo original, los estudiantes de artes.

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